Feb
01

Voluntad de Dios
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Existe una cuestión ontológica y trascendente que desde siempre ha preocupado al hombre y que se puede sintetizar en la pregunta: ¿Qué responsabilidad le cabe a Dios por los sufrimientos de la criatura humana?

Sufrimientos que, en ocasiones, pueden parecer injustos o muertes que se consideran a destiempo y, más aún, absurdas.

Tema profundo e inagotable de la teología, la filosofía y el pensamiento corriente de las gentes de difícil respuesta, entroncado con el eterno dilema de la lucha entre el bien y el mal, entre Dios y el diablo. Tema cuya respuesta acabada escapa a las intenciones y posibilidades de estas líneas.

El mal existe, y si existe el mal, existe el maligno. No obstante, como muchas veces se ha señalado, uno de los logros más grandes del mal ha sido convencer a la gente de su inexistencia.

Larga es la historia de la maldad; tan extensa que casi no tiene principio.

En la conspiración de Luzbel y la criminal acción de Caín, pueden rastrearse, bíblicamente, sus orígenes.

Su extinción, en cambio, no se prevé sino para el mismo juicio final se ha dicho.

Es así, el mal viene de lejos y está patentizado en la caída de los ángeles que se rebelaron en contra de Dios en un tiempo inmemorial ‑en ese otro tiempo más allá de la creación‑, y que toma dimensión humana con el primer fratricidio. Esto, mucho antes de que el mal se abatiera despiadado sobre Job.

La lucha entre el bien y el mal prosigue con la historia del hombre sobre la tierra y, desde entonces hasta nuestros días, ha sido motivo de encontradas reflexiones. Esta lucha es la protagonista del libro de Job, escrito aproximadamente siete siglos antes de Cristo. En un artículo sobre el Mal, Lance Morrow sintetiza así el inicio de este libro: “Una escena fantasmagórica al comienzo del libro de Job, ese maravilloso tratado acerca de los misterios del Mal, refiere una conversación de Dios con Satanás.

El Señor parece mirarlo constantemente de soslayo, mientras pregunta: y bien Satanás ¿qué anduviste haciendo de tu vida?, y Satanás, con fanfarrona suficiencia replica: anduve por el mundo, aquí y allí, observándolo. Entonces ambos, Dios y Satanás, hacen una apuesta escalofriantemente cínica, respecto de cuánto sufrimiento puede soportar Job, antes de desmoronarse y maldecir al Hacedor”.

El misterio de la lucha entre el bien y el mal, no sólo atenaceó al hombre de la antigüedad, sino que acompañó la evolución del pensamiento humano, y hasta llegó a extraviarse en el maniqueísmo del siglo III, que admitía dos principios igualmente creadores: uno para el bien y otro para el mal. Y hoy sigue siendo motivo de reflexiones y dudas, tanto para el hombre común, como para pensadores y escritores.

Albert Camus dijo (ensombrecido por la duda) que su libro “La Peste”, escrito en 1941, es el más anticristiano de sus libros, y acusó su angustia e incredulidad con palabras doloridas: “La agonía y la muerte de un niño, el sufrimiento de los cuerpos atacados por la enfermedad, la persecución de la inocencia presa del dolor, son acusaciones al plan divino”.

Recientemente Ernesto Sábato, que se confiesa cristiano, en un artículo titulado “El libro que escribiría hoy” se plantea: “la historia de un carpintero viejo que vive sólo con su única nietita, enferma de leucemia, condenada a muerte ‑ y sigue ‑; uno de esos hechos nos hace cavilar mucho sobre la existencia de Dios, al menos de un Dios omnipotente y compasivo”.

El mal existe, es una triste realidad que se muestra todos los días, que se filtra como de un resumidero a través de los confines y a través de las distancias.

Este mal, y consecuentemente el sufrimiento, ¿tienen la anuencia de Dios? Cuando los que sufren y mueren son pequeños inocentes, este interrogante sobrecoge.

Una criatura que languidece, mientras se le escapa la vida a causa de una enfermedad terminal; ¿es por voluntad de Dios?

Pequeños que nacen con malformaciones y alteraciones neurológicas, sensoriales o físicas y que tienen que arrastrar su discapacidad durante su infortunada existencia; ¿eso ha sido por la voluntad de Dios?

Hermanitos que mueren carbonizados debido al incendio de su precaria vivienda; ¿es por la voluntad de Dios?

El drama desgarrador y frecuente de pequeñas niñas o niños violados y luego estrangulados, muchas veces por los padrastos o concubinos de la madre; ¿es acaso por la voluntad de Dios?

Las aterradoras estadísticas que a diario nos sacuden sobre los niños de Biafra, Etiopía, Sudán o Somalía y otras naciones del mundo americano que mueren por centenares de miles a causa del hambre, en los primeros años de vida, ¿puede ser por la voluntad de Dios?, ¿Dios lo quiere así?. La crónica diaria multiplica estos ejemplos difíciles de entender y aceptar.

Alejandro Clifford, que se ocupó de algunos aspectos del problema del dolor, cita unos párrafos del evangelista William Barclay, quien sostiene que, frente a estos hechos, decir simplemente que son “un acto de Dios” o “la voluntad de Dios”, no se puede aceptar. “Es difícil imaginar una frase más terrible y blasfema. ¿Qué clase de Dios puede ser a quien se atribuye la muerte trágica de un niño?; ¿puede la gente creer en él?; ¿cómo pueden aquéllos que quedan orar a un Dios que procediera de esa manera?”.

Prosigue Barclay: “Es en realidad lo absolutamente opuesto a la voluntad de Dios, y Dios está tan triste y afligido como nosotros frente a estos hechos…Es precisamente lo que Dios no quiso que sucediera. No se debe a la voluntad de Dios, sino a una falla o error humano. Dios le dio al hombre el libre albedrío porque sin éste no podría haber bondad ni amor; y precisamente por esta razón, los actos de los hombres pueden ser lo totalmente opuesto a la voluntad de Dios. El cristianismo no ofrece ninguna explicación barata o fácil para el problema del dolor”.

Estas situaciones no configuran la voluntad de Dios; asegurarlo ‑como dice Barclay ‑ es sin duda irreverente y blasfemo. Si Dios es el dador de la vida como don supremo, estas muertes crueles y a destiempo, no pueden ser la voluntad de Dios.

Ya está lejano el tiempo veterotestamentario que consideraba siempre al sufrimiento como consecuencia del pecado, de la misma manera que la sentencia mosaica, que castigaba la maldad de los padres en los hijos y en los nietos, en los biznietos y en los tataranietos. Por eso, cuando el que sufre y muere es un niño, tanto más acuciantes son las preguntas. De alguna manera, son otras las causales del sufrimiento de las personas mayores; ellas pertenecen a otra categoría ontológica y en consecuencia, pueden entrar en consideración otros factores de causalidad y responsabilidad personal.

Es así que no se puede olvidar, que no es causal que al final de su admonición a los discípulos, Jesús dijera que de ellos es el reino de los cielos, ubicándolos para siempre en la eternidad más allá del sufrimiento humano.

Entre las calamidades de hoy, aparte de los genocidios, hay datos que estremecen. En algunas ocasiones mueren centenares de niños por día antes de cumplir el año, por falta de comida; y los que no mueren en esta edad, sufren desnutrición crónica, generando una sub‑raza física y mentalmente atrofiada.

Quince de los ciento cincuenta chicos que cada día nacen en las maternidades de Nairobi, en Kenia, son portadores del virus del Sida, muchos de los cuales serán abandonados por sus padres sidóticos que morirán, inevitablemente, a corto plazo. Son los llamados huérfanos del sida que terminarán en la prostitución infantil.

Ante estos sufrimientos y angustias cotidianas, ¿quién se atreve a decir que ocurren por la voluntad de Dios, o que Dios lo quiso así?

Todas estas miserias no son la voluntad de Dios, o porque Dios lo quizo así. Dios no es insensible y sufre por la muerte de estas criaturas inocentes. Animarse a decir que todas estas aberraciones ocurren por la voluntad de Dios o con la aquiescencia de Dios, es un conformismo o un fatalismo equivocado y torpe.

Dios, no sólo no quiere el dolor sin sentido de los seres humanos, sino que al contrario, comparte ese dolor y esa aflicción.

Al respecto hay un episodio conmovedor en la vida de Jesús, que ilustra y confirma el dolor divino ante el sufrimiento y la muerte trágica y a destiempo de un ser querido. Y es cuando frente al sepulcro de su amigo Lázaro, muerto en su ausencia, Jesús lloró.

Su dolor se hace llanto, y ese llanto es una manifestación de su dolor.

Y ese dolor de Jesús, es el dolor de Dios.

Dr. Luis A. Seggiaro

Escrito por Dr. Luis A. Seggiaro. Posted in Articulos

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